Compartir

En esta columna, el abogado y profesor de Derecho Constitucional Adrián Buffone analiza el impacto de la inteligencia artificial en la universidad y el desafío de redefinir la formación profesional. El autor plantea que el verdadero reto no es incorporar tecnología, sino recuperar el pensamiento crítico, el criterio y la capacidad de argumentar. Frente a un nuevo escenario educativo, advierte que las facultades de Derecho deberán formar profesionales capaces de tomar decisiones justas en tiempos de respuestas automatizadas.

Lunes, 20 de julio de 2026

Por Adrián Buffone*

Hubo un tiempo en que la universidad era el lugar donde habitaba el conocimiento. Allí estaban los libros, los profesores y las respuestas que no podían encontrarse en otra parte. Hoy cualquier estudiante lleva en el bolsillo una herramienta capaz de resumir tratados, comparar constituciones, localizar jurisprudencia y redactar un escrito en cuestión de segundos. Paradójicamente, cuanto más accesible se vuelve la información, más importante resulta aquello que siempre debió distinguir a una verdadera universidad: enseñar a pensar.

Por eso la discusión sobre la inteligencia artificial está mal planteada cuando se limita a preguntar si debe permitirse o prohibirse su uso en las aulas. Esa batalla ya fue superada por la realidad. La verdadera pregunta es otra: ¿qué significa formar un abogado cuando el conocimiento dejó de ser un bien escaso?

No es la primera vez que la educación enfrenta una transformación de esta magnitud. Sarmiento entendió que la alfabetización era indispensable para construir ciudadanía. La Reforma Universitaria de 1918 redefinió el papel de la universidad como espacio de pensamiento crítico y compromiso social. Hoy la inteligencia artificial vuelve a plantear una discusión fundacional: no se trata de incorporar una nueva tecnología, sino de repensar cuál es la misión de la universidad en el siglo XXI.

En ese contexto resulta especialmente interesante la perspectiva que impulsa la Universidad de Chicago: enseñar a pensar con, sin y sobre la inteligencia artificial. Pensar con ella implica utilizarla como una herramienta para investigar, analizar y aumentar la productividad. Pensar sin ella significa preservar aquello que ninguna tecnología puede reemplazar: el juicio crítico, la prudencia, la creatividad y la responsabilidad profesional. Pensar sobre ella supone comprender sus límites, sus sesgos y los desafíos jurídicos e institucionales que plantea su utilización.

Esta discusión interpela especialmente a las facultades de Derecho. Seguimos evaluando, muchas veces, como si estuviéramos formando escribientes del siglo XIX. Premiamos la memoria por encima del razonamiento y la repetición de conceptos por encima de la argumentación. Sin embargo, el ejercicio profesional exige exactamente lo contrario. La inteligencia artificial podrá encontrar un precedente o elaborar un borrador, pero no puede comprender el conflicto humano detrás de un expediente, asumir la responsabilidad de una decisión ni ejercer la prudencia que demanda el asesoramiento jurídico.

Ortega y Gasset sostenía que la universidad debía formar personas capaces de comprender su tiempo y no simples especialistas. La afirmación conserva hoy una vigencia extraordinaria. El desafío ya no consiste en acceder a la información, sino en saber interpretarla, cuestionarla y utilizarla con criterio.

La inteligencia artificial también obliga al Derecho a formular nuevas preguntas. ¿Quién responde cuando un algoritmo discrimina? ¿Cómo se garantiza el debido proceso frente a decisiones automatizadas? ¿Hasta dónde puede el Estado apoyarse en sistemas de inteligencia artificial sin afectar las garantías constitucionales? Son interrogantes que ya forman parte de la agenda jurídica y que exigen profesionales preparados para mucho más que repetir normas.

Quizás esa sea la mayor paradoja de nuestro tiempo. Durante años discutimos cómo incorporar más tecnología a la universidad. Hoy descubrimos que el verdadero desafío nunca fue tecnológico, sino intelectual. Cuanto más fáciles sean las respuestas, más valiosas serán las preguntas.

La inteligencia artificial no vuelve innecesaria a la universidad. La obliga a recuperar su misión original: formar personas capaces de pensar con autonomía, ejercer criterio y distinguir entre una respuesta correcta y una decisión justa. Ese, y no otro, será el verdadero examen que deberá aprobar la educación superior en los próximos años.

 

 

*Abogado, profesor de Derecho Constitucional UNNE y UCP, Profesor de Práctica Profesional Supervisada UCP y Director de Buffone & Abogados.


Compartir