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A 50 años del golpe, Úrsula Sabarece, activista chaqueña y presidenta de la Fundación Furia Travesti, recupera las historias silenciadas del colectivo LGBTIQ+ durante la última dictadura y denuncia las violencias que persisten en democracia. Memoria, identidad y orgullo se entrelazan como formas de resistencia frente al negacionismo y los discursos de odio.

 

Jueves, 19 de marzo de 2026

 

 

​Por Úrsula Sabarece

 

​A veces la memoria se siente como un rompecabezas al que siempre le faltaron piezas. Este 24 de marzo, cuando se cumplen 50 años del golpe que desgarró a la Argentina, las plazas se llenarán de pañuelos blancos y consignas necesarias. Pero quienes caminamos las veredas con identidades que el “orden” siempre quiso corregir, sabemos que nuestra memoria tiene cicatrices que tardaron décadas en ser nombradas.

 

​Cincuenta años no son solo una cifra en un almanaque. Son el eco de una moral de hierro, cívico-eclesiástica-militar, que no solo buscaba disciplinar el bolsillo y la urna, sino también el deseo y el cuerpo. Mientras el plan económico de la dictadura hundía al país en la deuda, sus “Brigadas de Moralidad” hundían a nuestras compañeras en el calabozo, bajo la figura del “escándalo público” o ese edicto “2 H” que era, en realidad, una cacería de brujas moderna.

 

​La mirada de la diversidad era un silencio que gritaba. Siempre estuvimos ahí. En las fábricas, en las universidades, en los barrios. Entre los 30.000 detenidos-desaparecidos, hubo 400 nombres que la historia oficial, incluso en democracia, prefirió susurrar o directamente omitir. Eran nuestros “compas”: lesbianas, gays, travesti-trans que soñaban con una revolución que también les permitiera amarse en libertad.

 

​Para nosotras, las travestis, la dictadura no terminó en el 83. Mientras el país celebraba el regreso de las urnas, nosotras seguíamos esquivando el patrullero, las razzias en las plazas y la violencia de los códigos contravencionales que recién logramos voltear en 2008. Nuestra democracia fue una conquista a cuentagotas, pagada con el cuerpo en la calle.

 

​El hoy zombis y negacionismo

 

Hoy, el aire se siente extrañamente denso. Vemos volver prejuicios que creíamos enterrados, disfrazados de “batalla cultural”. Escuchamos discursos de odio que intentan relativizar el horror y desfinanciar lo que nos hace comunidad: la cultura, la ciencia, la educación. Como si quisieran convencernos de que la crueldad es el único camino posible.

 

 

 

​Pero si algo aprendimos las travestis en estos 50 años es a sobrevivir y a construir donde otros ven descarte. La memoria no es un museo; es una herramienta de trinchera. Recordar a los 400 y a los 30.000 es reafirmar que ninguna vida es descartable y que la diversidad no es un accesorio de la democracia, es su columna vertebral.

 

​Orgullo como resistencia

 

Este 24 de marzo, mi sentir personal es un abrazo a esas compañeras que no llegaron, a las que resistieron en la oscuridad de los calabozos cuando ser “diferente” era un pecado capital. Marcho con el orgullo de saber que, aunque intentaron borrarnos con “limpieza moral”, hoy florecemos en cada cupo laboral, en cada ley de identidad y en cada pibe que camina sin miedo.

 

​A 50 años del golpe, decimos con más fuerza que nunca: Memoria, Verdad y Justicia. Porque el “Nunca Más” también debe ser un grito travesti, trans y diverso. Por los 30.000, por los 400, y por el futuro que no vamos a dejar que nos roben.

 


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