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Viviana Morel es hija de Pedro y Sara Ayala, secuestrados en 1977 en Claypole, provincia de Buenos Aires. Antes de ser capturados, lograron dejarla a salvo al cuidado de un vecino. Ambos fueron trasladados por distintos centros clandestinos de detención hasta ser vistos por última vez en la Brigada de Investigaciones de Resistencia. En este relato, Viviana reconstruye su historia, marcada por el terrorismo de Estado, el secuestro de sus padres, la desaparición y la búsqueda incansable de su abuela por recuperarla.

 

Miércoles, 18 de marzo de 2026

 

Foto: Paula Souilhe

Por Viviana Morel

 

El 24 de marzo de 1976 estaba en el vientre de mi madre, cuando se produce el Golpe militar en el país. Ellos tuvieron que dejar Formosa, donde vivían y trabajaban porque había fuertes rumores -después comprobados- de que formaban parte de una lista del Ejército para ser detenidos por razones políticas.

 

En aquellos años mi papá, Pedro, era Secretario General del gremio de los Judiciales de Formosa. Mi mamá, Fulvia, también empleada judicial, acompañaba a mi padre en su actividad sindical. Después supe que también pertenecieron al PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) y a las Ligas Agrarias de Goya.

 

Nací una tarde de abril, apenas pocos días después de haber llegado junto a mis padres a Capital Federal y viví con ellos hasta el año y un mes. Durante ese año vivimos en Goya, Corrientes y en Buenos Aires.

 

En la tarde del 12 de mayo de 1977, en Claypole, provincia de Buenos Aires, fuimos a reunirnos con compañeros de mis padres. Una de ellas tenía un hijo de 3 años a quien yo llamaba Beto. Se había hecho tarde, por lo que les pareció mejor pasar la noche en esa casa.

 

Ya en la madrugada del 13 de mayo, cuando todos dormíamos, un operativo de las fuerzas armadas rodeó la manzana y empezó una terrible balacera. Después entraron, nos sacaron a Beto y a mí, golpearon fuertemente la puerta de la casa de al lado, cuando el vecino abrió la puerta, nos arrojaron violentamente adentro.

 

Pasaron las horas, se escucharon gritos y torturas provenientes del lugar donde estaban mis padres y sus compañeros. Finalmente los sacaron dentro de bolsas arrastrando y fueron llevados en un camión del Ejército. Se llevaron a mis padres, a la mamá de Beto y a otra compañera.

 

***

 

Mis papas fueron trasladados a distintas ciudades, llegando finalmente a la Brigada de Investigaciones de Resistencia, donde padecieron los más atroces vejámenes por más de 50 días. Durante ese tiempo, gracias a un compañero de celda que pudo salir de aquel infierno, ellos lograron hacer llegar un mensaje a mi abuela materna, ella recibió una llamada anónima, donde le decían: “Su hija cayó, vaya a buscar a su nieta a Yatay 344, Claypole”. Mi papá le había pedido a aquel compañero que memorizara el número de teléfono de mi abuela y la dirección donde quedamos Beto y yo.

 

Los vecinos que nos cobijaron amorosamente eran un matrimonio mayor. Estuvimos con ellos una semana. Yo no quería comer, sólo lloraba. Seguí así hasta que allegados les recomendaron que nos entregaran a la justicia.

 

Nos llevaron ante la Jueza de menores de Lomas de Zamora, quien abrió la causa “NN s/…” (en teoría no sabía quiénes éramos), y nos internó en la “Casa de Belén”, un Hogar para niños huérfanos a cargo de un matrimonio, dirigida por un obispo. Allí estuve 6 meses.

 

En ese tiempo fui bautizada en el hogar. La partida de bautismo dice mi nombre completo y los de mis padres. Es decir, que sabían quién era yo y de dónde venía.

 

Con la dirección que le pasaron, mi abuela viajó hasta Buenos Aires. Llevó con ella mi partida de nacimiento y las fotos que mis padres le habían enviado después de que nací. Fue a buscar, según sus dichos, “una aguja en un pajar”.

 

Ya en Buenos Aires, una tía que vivía allá le recomendó averiguar en el Juzgado de Lomas de Zamora. Le dijo que se decía en la iglesia que allí llevaban a muchos niños hijos de desaparecidos.

 

 

Fue al Juzgado. Pidió hablar con la Juez, quien le concedió la entrevista de muy mala manera y le dijo: “Yo no la tengo a su nieta bajo mi custodia y si la tuviera no se la daría, para que crie otra subversiva”. A lo que mi abuela le respondió: “Doctora, compréndame, no sé nada de mi hija ni de mi nieta, usted debe ser madre”. La Juez interrumpió diciendo: “Por supuesto. Pero mi hija está bien casada, con un uniformado”. Y luego la despidió rápidamente.

 

Desesperada por encontrarme, mi abuela decidió buscarme en la dirección del mensaje telefónico. Al llegar notó que la casa de al lado tenía muchas marcas de balas en las paredes. Golpeó las manos frente a la casa del matrimonio mayor que nos había cuidado a Beto y a mí. Salió la dueña de casa. Mi abuela levantó mi foto y le dijo: “Estoy buscando a mi nieta”. La señora rompió en llantos y abrazó a mi abuela, llamó a su esposo, quien se dispuso inmediatamente a acompañarla al Juzgado donde me había dejado meses atrás.

 

Mientras tomaron el tren y durante el viaje el señor mayor le contó a mi abuela todo lo sucedido aquella madrugada del 13 de mayo de 1977, historia que mi abuela, a lo largo de su vida, me lo volvió a contar una y otra vez.

 

Viviana y su abuela.

 

Casualidad o no, yo estaba bajo la custodia de la Jueza de Lomas de Zamora, Martha Pons, con quien mi abuela se había entrevistado unas horas antes. Esta vez quien pidió la entrevista fue el señor mayor. La jueza los recibió pero al contrario de los malos tratos que sufrió mi abuela, en esta oportunidad cambió completamente sus modos. Delante de él la Jueza se mostró amable y reconoció que me tenía bajo su custodia.

 

Finalmente, luego de entrevistas, asistentes sociales, amenazas de que si “yo lloraba con ella no le entregaba la guarda” o “mire que su nieta no puede caminar”, al fin nos vimos mi abuela y yo, por primera vez. Fue un encuentro de dos horas, en una iglesia, con dos militares fuertemente armados en la puerta.

 

Al ingresar, me vio en el altar en brazos del sacerdote. Me contó que sacó un juguetito de colores de la cartera, se agachó y me llamó desde la puerta. Yo bajé de los brazos del sacerdote y corrí a su encuentro. Sólo hubo sonrisas, nada de llantos, hasta que esa tarde me dormí en sus brazos. Luego siguieron algunas visitas más de ella al Hogar, hasta que el 5 de diciembre de 1977, mi abuela había logrado, por fin, recuperarme. ¡La jueza me entrega en guarda con mi abuela!

 

***

 

En una de esas visitas al hogar, mi abuela vio a Beto y escuchó que yo lo llamaba “Beto, Beto”. Fue entonces cuando decidió dejar un escrito a quienes empezaban a formar el grupo de Abuelas de Plaza de Mayo, donde les detalló lo que sabía de él. Gracias a ese informe, siete años después con la vuelta a la democracia, Beto y su familia lograron reencontrarse y restituirle su identidad.

 

Mi abuela, desde que llegó a Buenos Aires, fue a las marchas de los jueves de las Madres de Plaza de Mayo. El 6 de diciembre, como ya me tenía con ella, decidió tomar el primer avión de vuelta a Formosa. La siguiente cita de las Madres era el 8 de diciembre de 1977 en la Iglesia de la Santa Cruz, cita a la que no asistió, salvándose de lo que sucedió aquel día.

 

Los años venideros mientras duró la dictadura, viví con mis abuelos en Formosa. Mi abuelo materno fue un incansable defensor de los Derechos Humanos, no pasó un día hasta su muerte en que no hiciera algo para recuperar a mis padres, o algún compañero desaparecido, hasta que tuve 7 u 8 años, que con ese empeño de mi abuelo, crecí con la idea y esperanza de volver a ver a mis padres, de que volverían a casa, que los estaban buscando, que no podía ser que no se supiera de ellos. Hasta que con la democracia, la CONADEP y el Nunca Más mi abuelo logró dar con los quienes estuvieron detenidos con ellos en Resistencia, Ellos le contaron lo vivido en esos días, en esas celdas. Ahí todos comprendimos que jamás los encontraríamos con vida.

Viviana junto a su mamá y su papá.

 

 

Siguieron pasando los años y yo trataba de entender por qué, qué, cómo y qué hicieron mis padres para merecer semejante castigo. Averigüé, pregunté, pero nunca nadie pudo decirme cuáles fueron sus delitos, ni porqué quienes los torturaron, vejaron, mataron, seguían sus vidas sin recibir ningún tipo de escarmiento, creí en esos años que la justicia no era tal. Grande fue mi sorpresa cuando en el año 2010, 33 años después esos crímenes, los genocidas responsables eran juzgados y condenados.

 

Con los juicios y los testimonios pude armar un poco más mi historia y la de mis padres. Gracias a esas personas y a muchas más que no bajaron los brazos durante todos estos años, no solo llegó la Justicia, sino también sirvió para conocer la Verdad de lo ocurrido con ellos y con muchos otros que hasta hoy continúan desaparecidos.

 

A pocos días de que se cumplan 50 años de aquel 24 de marzo, aún no sé el destino final de mis padres. Sí deseo que la Democracia y las libertades sean siempre respetadas, para que Nunca Más vivamos algo semejante.

 

 

 


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