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Paula Souilhe nació en cautiverio, mientras su mamá y su papá, ambos militantes del Peronismo de Base, eran presos políticos. “Cuando la detuvieron, en agosto de 1974, mamá estaba embarazada de pocos días; no tenía certeza de su embarazo, pero lo sospechaba”, cuenta Paula. En esta crónica, reconstruye una vida atravesada por el encierro, la separación y la solidaridad en medio del horror.

 

Miércoles, 18 de marzo de 2026

 

Paula junto a su mamá, Margarita Carbajal. Foto: Paula Souilhe.

Por Paula Souilhe

 

Nací en cautiverio en mayo de 1975 y permanecí junto a mi madre en la Alcaidía de Resistencia, hasta noviembre de 1976. Papá y Mamá eran militantes del PB (Peronismo de Base). Los detuvieron el 30 de agosto de 1974. Mamá estaba embarazada de pocos días. No tenía certeza de su embarazo, pero lo sospechaba.

 

No tengo datos exactos de cuantos días permanecieron detenidos/incomunicados ni dónde estuvieron antes de ser trasladados a la alcaidía de Resistencia (luego papá fue llevado a la U7 y finalmente a la cárcel Rawson). Tampoco tengo muchos detalles de aquellos días. Supongo que fueron días de los que hablar resulta horroroso y por eso decidieron no mencionarlos.

 

Ya en la Alcaidía mamá confirmó que está embarazada. Fue mi tía Gladys, su hermana, quien al enterarse decidió llevar a una jueza a la cárcel y casarlos. ¡Presa, soltera y embarazada! Era algo demasiado gigante de digerir para una familia tradicional y católica como la de mi madre.

 

Mi tía, sin demorarse en pormenores románticos, resolvió lo que estaba a su alcance y casó a mis padres. El día de la boda, las prostitutas que estaban detenidas le confeccionaron a mamá una cola de novia con papel higiénico y le cantaron la marcha nupcial. Fue la última vez que papá y mamá se vieron, hasta que mamá fue liberada cinco años después.

 

Desde mi nacimiento hasta la vuelta de la democracia, solo guardo imágenes sueltas y distorsionadas. Algunos olores, ruidos, sueños, sensaciones, relatos y cartas. Todo sin un orden cronológico y repleto de huecos sin poder rellenar. Pero lo importante, lo inmenso, lo imborrable, fueron algunas personas y los aprendizajes marcados a fuego. Y es de eso de lo que hoy elijo hablar.

 

A mi madre la llevaron a parir al entonces Hospital «La Madre y el Niño», donde ahora funciona un gran casino. Me cuentan que cuando nací, Rodolfo «Rodi» Sobko, pediatra, compañero de militancia de mis viejos, quien estaba escondiéndose porque los militares lo buscaban, fue puesto en aviso de que yo iba a nacer.

 

A pedido de mamá, con la complicidad de los doctores del hospital y arriesgando su propia vida y su libertad, Rodi entró por una ventana a la sala de parto, me recibió al nacer y luego volvió a escaparse. Desde entonces, el sentido de la amistad lleva el rostro del pediatra compañero que me recibió en esta vida. (Rodi fue detenido tiempo después y estuvo largos años preso en la cárcel de Rawson junto a papá).

 

En la alcaidía estábamos junto a otras presas políticas que me mimaban y me cuidaban mucho. Silvia, Palmira, Maria Rosa, Uli, Mirtha y Graciela son algunas de ellas. Todas mujeres de fierro, invencibles, con una grandeza a prueba de cobardes torturadores. De ellas aprendí que no hay valor más grande que la dignidad. Que la dignidad vale la muerte y vale la vida. Y que la risa no se rinde.

 

***

 

Compartí celda con Juan, hijo de Mirtha. También nacido en cautiverio. A su papá, el Flaco Sala, lo asesinaron en la Masacre de Margarita Belén. Llegó el día en que autoridades de las fuerzas de seguridad le informaron a mi mamá que debía abandonar la alcaidía y ser entregada a mis familiares. Yo tenía un año y medio.

 

No tengo detalles del día en que me separé de mi madre. Las veces que se lo pregunté me dijo que no se acordaba y sólo pude obtener algunos datos difusos. De ese día solo sé que mamá me entregó a la celadora junto con mi bolsita de ropa. A mamá no le dijeron quién de mis familiares me esperaba del otro lado de la reja.

 

Daniel Souilhe y Rodolfo Sobko. Foto: Paula Souilhe

 

Fue una entrega forzada y a ciegas. Hoy, que soy madre, puedo imaginar el infinito horror de esa despedida y puedo comprender que mamá haya decidido no recordarla. Yo tampoco recuerdo nada, pero desde entonces, aún 49 años después, tengo pesadillas recurrentes y un enorme miedo irracional a que me roben mis hijos. Una semana después de mi salida de la alcaidía trasladaron a las presas a la cárcel de Devoto. Entre ellas fueron mi mamá y Mirtha. Iban vendadas y esposadas.

 

Mirtha estaba por subir al Hércules del Ejército en que las iban a trasladar, cuando le arrebataron a Juan de sus brazos. Juan tenía 6 meses. Después, él quedó en Casa Cuna de Resistencia un tiempo, hasta que los compañeros le pudieron avisar a su abuela para que venga de La Plata a buscarlo.

 

Con Juan me reencontré muchos años después. El daba un discurso en un acto en el monumento a la Masacre de Margarita Belén. Muy a pesar de los milicos que hicieron lo más terrible e inimaginable para extirparnos, someternos, asustarnos, callarnos y doblegarnos, Juan y yo nos hemos encontrado y hoy nos une la militancia y un inmenso cariño.

 

***

 

Mientras mamá estuvo detenida, recorrí varias casas donde me anidaron y me cuidaron con infinito cariño. No era fácil en aquellos tiempos hacerse cargo de una hija de presos políticos. La policía asediaba y vigilaba. Los conocidos e incluso algunos familiares, se cambiaban de vereda si nos cruzaban. Las visitas a la cárcel de Devoto y de Rawson donde estaban mamá y papá era una odisea deprimente. Había que ser muy valiente y solidario para asumir ese riesgo. Fueron mis abuelas Carlota y Elena, mis tíos Chiche, Buchi, Magda, Ana, Paco, Flaco, Fran y Gladys, mis tías abuelas Manuela y Lucía, y los primos de mi mamá, Jorge, Miriam y Rina, los que se enfrentaron al peligro y me sostuvieron. Ahora que lo pienso, creo que nunca les di las gracias.

 

En 1982, después de 8 años de cárcel, mi papá fue liberado. Recuerdo que al regresar la democracia, papá me llevó a la Casa de Gobierno. Yo tenía cerca de 10 años. Había un gran acto y todo era fiesta y libertad. Cruzamos el césped y nos encaramamos sobre la galería. Y entonces papá, arrasado de emoción, me dijo: «Por muchos años este lugar se nos prohibió, Paloa. Pero ahora esta casa vuelve a ser del pueblo».

 

***

 

Con el tiempo volvieron las canciones y los libros prohibidos. Me fui encontrando con los otros «hijos» y así descubrí que habíamos sido miles los que habíamos vivido aquel espanto. Después llegaron los juicios y con ellos la reparación histórica. Y hubo un tiempo en que se bajaron cuadros de los genocidas en la ESMA y se colgaron cuadros de nuestros Héroes Latinoamericanos en la Casa Rosada.

 

Foto: Paula Souilhe

Y llegó el Nunca Más y lo gritamos hasta desgargantarnos. Pero sabemos que no habrá Nunca Más mientras existan Julio Lopez, Luciano Arruga, Dario Santillan, Maximiliano Kostekui, Marita Verón y cientos de nietos robados y aún sin recuperar su identidad. No habrá Nunca Más mientras los socios civiles de la dictadura sigan sin ser enjuiciados y ostentando poder y cargos públicos. Mientras existan miles de trabajadores despedidos y estigmatizados como ñoquis por sus propios verdugos. Mientras continúe esta nefasta transferencia de recursos de los trabajadores hacia los sectores concentrados de poder. Mientras continúe renaciendo el desprecio a la militancia y a los sectores populares.

 

No habrá Nunca Más mientras los defensores del genocidio intenten volver una y otra vez a la teoría de los dos demonios, ahora avalados por un gobierno con quien comulgan. Mientras exista la traición de los que nos representan para embargar el futuro del pueblo en beneficio de unos pocos, mientras haya exclusión, represión e injusticia. Mientras se imponga la moda de la crueldad.

 

Mientras tanto, nosotres todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos…

 

30.000 COMPAÑEROS DETENIDOS DESAPARECIDOS, ¡PRESENTES!

 

¡AHORA Y SIEMPRE!

 

 

 

 

 


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