A nueve años del fallecimiento de Mario Bosch, el abogado e investigador Paulo Pereyra reflexiona sobre el legado ético y político de uno de los máximos referentes de la defensa de los derechos humanos en el Chaco y la región. En esta nota de opinión, propone pensar los tiempos actuales desde la emoción, la pérdida de lo político y la vigencia de las luchas que Bosch encarnó.
Jueves, 6 de noviembre de 2025

Por Paulo Pereyra*
Tal vez este texto no sea sobre Mario, sino —artificiosamente— con él, sobre el modo en que sigue provocando desde su ausencia.
Mario solía ironizar sobre el alcance real (¿y útil?) de la erudición jurídica, pero también lo hacía sobre la liviandad con que se leía al revés la obra Vigilar y castigar, de Michel Foucault.
En esta globalización de la apariencia, el sarcasmo solapado se vuelve, en cualquier tiempo, una forma de resistencia frente a las narrativas empaquetadas que nos regala la selección cómoda de las redes sociales. Pienso que podemos utilizar la idea actual que tenemos de redes sociales, aunque cuando Mario** partió hace nueve años las incidencias de estas no comportaban lo que hoy comportan.
En estos nueve años sin la presencia física de Mario Federico Bosch, las cosas no han cambiado demasiado. O quizá sí: pareciera que tomaron un giro sorpresivo. El no saber —esa falta de con(s)ciencia sobre la complejidad que entrañan los conflictos comunitarios (por no decir el ejercicio explícito de la violencia por parte del Estado)— dejó de constituir el eje de interacción en nuestra sociedad (por no decir escenarios de crudas disputas). Ya no importa tanto el sistema de dominación que resulte victorioso; importan las emociones que pueden despertar y abrigar las premisas del orden moral.
Invocar las mejores razones que podían contener los argumentos humanistas y progresistas de Mario para incomodar al sistema de valores reaccionarios luce hoy desactualizado, extraño. Ya no es posible encajar —o encastrar— una oposición de minorías (el relativismo situacional que refiere Rorty, a lo mejor) frente a este sistema de creencias que reclama un valor moral —que además se redefine según esquemas puramente emocionales— (la época de las pasiones tristes, afirmaría Dubet).
Tampoco parece operar aquella ambición de construir una estrategia política que pretendiera instrumentar su cometido a través de alguna formidable herramienta jurídica a medida del poder de turno (al menos en apariencia, si pensamos en los diseños de los Estados modernos; algo así nos mostraría Foucault).
Quizá esto sea así porque esa exaltación de las emociones comunitarias tampoco responde ya —como en otros tiempos— a una estrategia mediática. Precisamente conjeturo que no hay intermediación entre los segmentos de la realidad y los receptores de ella: lo que circula es puro producto simbólico de la emoción, que se emparenta, sin mediaciones, con quien la recibe (¿Roland Barthes, cuando habla de los límites del lenguaje?).
Ya no hace falta amplificar un hecho para que este adquiera densidad y se instale en la agenda del público. Zaffaroni reflexionó profundamente sobre esta dinámica a comienzos de los 2000. Basta con invocar una emoción —agradable o desagradable— que agote el círculo comunicativo entre el dato y el receptor. En otras palabras: ya no hay acción comunicativa (o no, en la dimensión pensada por Habermas); hay pura emoción. Y lo político ya no nos gobierna: la idea de una natalidad política humanista proyectada por Hannah Arendt resulta difícil de pensar en estos términos, porque la emoción no se discute: no es interpelable.
Todo esto, acaso, puede ser un mecanismo para no decir nada. Pero también puede ser que, en esta globalización de las emociones moralizantes, el valor se encuentre en el sentido final que logremos dar a nuestras emociones de conmiseración como minoría frente a la mayoría de emociones mortíferas.
Hace ya algunos años, Viktor Frankl, en su ensayo El hombre en busca de sentido, nos ofrece una pista que nos quita del mero juego de palabras (como también otros que indagaron sobre los fundamentos últimos del cardinal de la humanidad —si es que lo tiene—, entre ellos Lemkin, Semprún, Camus y Sábato). Frankl sugiere que, si damos por supuesto que lo político ha desaparecido de la escena humana, habría que ir a buscar a cada persona, una por una, para reconocer allí su irremplazabilidad (recordemos que las representaciones y las intermediaciones están canceladas). Esa acción de búsqueda particularizada pone al ser humano frente a la con(s)ciencia de que lo humano es una obra inconclusa. Y lo inconcluso no puede ser exterminado.
El drama de lo inconcluso da la nota de responsabilidad frente al otro. Da pie a la creatividad.
Como Mario ya no está para ironizar sobre cómo cerrar estas líneas —o la alternativa prudente de suprimirlas—, las conversaciones sobre un posible párrafo final quedan en manos de quienes pretendemos recordarlo por su lucha y compromiso por los derechos humanos. Compromiso vital que no tuvo miramientos, siquiera, sobre su propia irremplazabilidad…
P/D: Algo para anotar, al hablar de los límites de lo que podemos conocer, definir, sentir y ficcionar:
“[O]tra vez trabajaron en la organización de una mentira. Esta vez fue más difícil. El regreso de un muerto presenta siempre grandes dificultades jurídicas. La policía interviene y hace demasiadas preguntas. Hubo que involucrar a una nueva generación de testigos falsos […] El segundo funeral no fue tan convincente. Su público ya se había apenado en el anterior. De algún modo, la gente y los diarios presentían que con ese hombre nada era definitivo.” Dolina, A. (2022) [2021]. Los funerales de Toro Van Buren. En Notas al pie (3a ed., pp. 115–116). Planeta.
*Doctorando en Derecho e investigador por la UNNE. Docente en la UNCAus y en la Universidad de la Cuenca del Plata. Ex abogado querellante en causas de lesa humanidad.
**Mario falleció el 6 de noviembre de 2016, pasadas las 22, en la Ciudad de Buenos Aires. Ocurrió la noche antes de recibir la Mención de Honor “Juana Azurduy de Padilla”, reconocimiento otorgado por el Senado.