En esta columna de opinión para LITIGIO, el abogado y profesor universitario, Paulo Pereyra, se refiere al impactante choque múltiple que se produjo la semana pasada en el puente General Belgrano, el cual dejó como saldo una víctima fatal, y las muestras de solidaridad que se dieron posterior al trágico episodio. “Hechos luctuosos como los del viernes nos interpelan a avizorar, cuanto menos, un horizonte posible donde, desde la comunidad, se construyan reglas humanistas de cooperación, aun —o a pesar de— un Estado errático”, sostiene.
Lunes, 22 de septiembre de 2025

Por Paulo Pereyra*
El viernes, el nordeste argentino fue noticia nacional por un siniestro vial en el puente General Belgrano. Una tragedia que implicó tanto la pérdida de una vida humana como de otras personas lesionadas y, además, la destrucción de más de una decena de vehículos.
No viene al caso, en esta opinión, recuperar los detalles de las incumbencias preventivas que correspondían a los Estados (Federal y Provinciales) respecto de una infraestructura vial como lo es el “Chaco-Corrientes”, que desde hace tiempo reclama soluciones aceptables.
Más bien, pensando en el valor humanista ante los hechos y las conductas que estos suscitaron en la jornada del viernes, podría decirse que, desde la tarde hasta la madrugada, la movilidad humana que enlaza a ambas orillas —para no decir a toda la región— mostró gestos y signos de que nadie puede afrontar una tragedia de esta índole sin la solidaridad y cuidado de su comunidad.
Nos tocó ver en las redes sociales —y también al participar del pasaje de una provincia a la otra— cómo se orquestó, desde la colaboración esencial en el rescate de un herido atrapado entre hierros retorcidos, pasando por la ayuda a una persona no vidente que, junto a su acompañante, atravesó el bloqueo para poder rendir su última asignatura de abogacía y recibirse, hasta —y aquí me detengo— la asistencia espontánea en cada extremo del puente, donde vecinos de ambas riberas ofrecían apoyo moral e incluso improvisaban repertorios musicales para hacer más llevaderas las horas que demandó la remoción de chasis y carcazas inutilizadas.
La reflexión obligada surge en un tiempo en que se discute el valor de la solidaridad y de un ideario de comunidad comprometida con su espacio situacional. Hechos luctuosos como los del viernes nos interpelan a avizorar, cuanto menos, un horizonte posible donde, desde la comunidad, se construyan reglas humanistas de cooperación, aun —o a pesar de— un Estado errático.
Ya que el Estado, como lo estableció muy recientemente la Corte Interamericana de Derechos Humanos (2025) en la Opinión Consultiva OC-31 sobre El contenido y el alcance del derecho al cuidado y su interrelación con otros derechos, no solo tiene un deber —entre otros, claro— incremental de cuidado frente a la dignidad de las personas, sino que también debe garantizar las condiciones adecuadas para que estas puedan brindar tales reparos humanitarios a sus núcleos vitales y proyectarse plenamente en la sociedad.
*Doctorando en derecho e investigador por la UNNE. Docente en la UNCAus y en la Universidad de la Cuenca del Plata.