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“En este aniversario número 40 de democracia continua en nuestro país, escribo este texto, a pedido, y con mucho gusto. Tomo como referencia a papá, para darle una secuencia y tal vez mejor interpretación a esta brevísima historia, de una vida larga intensa difícil y tal vez, lamentablemente, en la que se ven reflejadas ciento de familias argentinas”, escribe Nora Martinelli en este artículo para LITIGIO.

Martes, 28 de marzo de 2023

Pedro Martinelli junto a sus nietas.

Por Nora Mercedes Martinelli

Pedro Alberto Martinelli es quien, junto con mi madre, encaminó nuestros pasos de niño, de difícil adolescencia luego, y de juventud; y aún hoy, ambos, son referencia necesaria y querida en las vidas de nosotros, sus hijos.

Era un hombre cariñoso, calmo, con una gran vitalidad y un sano sentido del humor. Gustaba de leer, de escuchar música cuando disponía de tiempo, de curar nuestras heridas de niños inquietos y curiosos (a veces demasiado) y de la carpintería (nos fabricaba hermosos juguetes de madera que nunca llegaba a pintar porque no le dábamos tiempo). Cuando nos íbamos de vacaciones a visitar a los abuelos, realizábamos interminables viajes, en el histórico 2CV, llenos de peripecias que él convertía en aventuras. Nos reveló el mundo mágico de los dibujos animados. Y en las “veladas teatrales” que mamá organizaba en casa (siempre le daba personajes significativos), se posesionaba y cambiaba el libreto!( y detrás de él, nos perdíamos todos!) Esas representaciones eran fantásticas, participábamos hasta los más chicos y si faltaba alguien para completar el elenco, llamábamos a los niños vecinos.

Nunca nos levantó la mano, sí nos hablaba y sabía cómo pulsar el corazoncito de cada uno. Nos dio, junto con mi madre, una infancia maravillosa.

La etapa de la adolescencia, de por sí, fue difícil (para padres e hijos). Llegamos a ella uno tras otro (los cuatro mayores nos llevábamos uno o dos años. Luego de diez, nació Leonardo, que también sería profesor de Educación Física). Papá y mamá tenían amigos comunes, y cada uno de nosotros, sus hijos, teníamos los propios. A veces, coincidíamos todos en casa… y éramos un montón! La casa parecía una colmena.

Crecimos.

Susana fue la primera en entrar a la universidad. Eligió Psicología,

-Facultad de Humanidades-,en Mar del Plata. Luego Pablo, Veterinaria (UNNE), en Corrientes. Yo fui a Santa Fe a cursar el profesorado de Educación Física, y Luis también a Santa Fe, Ciencias Económicas (UNL). Papá nos transcribía las cartas de unos y otros y nos las mandaba junto con las suyas y de mamá, para que nos mantuviéramos unidos y no perdiéramos contacto. Teníamos entre 18 y 22 años. El más chico, ocho.

Una familia como tantas, llena de expectativas, de anhelo de progresos con mucho esfuerzo y trabajo, y de sentir la libertad de cara al cielo, para guardarla, expandirla, sustentarla, expresarla, apreciarla, respetarla y defenderla.

1976. Padecimos, como todos lamentablemente, el desprecio por la vida, la soberbia y el horror de la dictadura militar. Y en esa locura en que la transgresión fue ley, y la perversión su modalidad, esos militares nos desaparecieron a Susana y a Carlos, mi cuñado, anónima y cobardemente, tal como harían todo después. A Mariana, su bebé de cinco meses a quien Susana llevaba en brazos en el momento del secuestro, los perpetradores dejaron en un negocio de la esquina y una de mis tías de Mar del Plata, la buscó y viajó con ella a casa (desde entonces vivió con nosotros). La intensa búsqueda por Susana fue el comienzo de un calvario sin fin. A los pocos meses, nos asesinaron a Pablo, en Resistencia. Cincuenta días después fusilaron a Susana, en Bahia Blanca. Carlos (su marido) continúa desaparecido.

Nos invadieron el dolor, la impotencia, y el miedo. Se nos quedaron las puertas sin regresos. Los abrazos vacíos. Las esperas interminables… (por que pese a todo, uno sigue esperando algo que no sabe muy bien qué es). Y debimos volver a conocernos . Y ante la necesidad de entender lo inentendible recuerdo a papá buceando incansablemente entre libros, indagando sobre la naturaleza del hombre… ni los clásicos, ni los contemporáneos, ni los vanguardistas pudieron rescatarlo de la tristeza.

Los amigos entrañables no lo abandonaron. Intercambiaba visitas con ellos y con los hijos -tan queridos- de esos amigos, con quienes mantenía largas y serenas charlas que tanto lo aliviaban.

Sin declinar de sus valores y sacando fuerzas de flaqueza, cumplió la etapa final de su carrera docente mientras intentaba creer, para mantenerse en pie, si no en la justicia del hombre, en la justicia divina… Y se sumergió en la Biblia que tiene la particularidad de decir lo que cada uno necesita escuchar, y además te da la esperanza del más allá –dulce panacea para el alma cuando el más acá se vuelve insostenible…-. A veces igualmente, para encontrar un equilibrio forzoso, recurría a una fantasía delirante.

Por suerte, Mariana, la pequeña de Susana y Carlos, que crecía con nosotros y en la casa de la abuela paterna, requería de su tiempo. Y él disfrutó de eso y también de los nuevos nacimientos en la familia. Acompañó a sus propios padres en el tramo final de la vida y reconfortó a sus nietos con ternura y voluntariosa y esforzada presencia.

Esto que escribo en apenas renglones, es mucho tiempo de vida con valor de existencia. Con oficio de vivir.

Lo recuerdo sentado en el patio, abstraído, inalcanzable, ausente hasta de sí mismo, pensando en ellos, en sus hijos, y en otros hijos, tal vez en sus rostros, en su vehemencia, en sus miedos, en lo mucho que tenían por vivir, en la juventud con el alma mutilada, en la novia de Pablo, en el paradero de Carlos… en el desamparo. En esas vidas segadas por cobardes de la peor calaña: profesionales del secuestro y la tortura, delincuentes por elección y por elección, asesi­nos. Indulgente sí, con las debilidades humanas, pero no con sus bajezas, papá continuaba su búsqueda incesante. El análisis tan poco edificante y agotador lo llevaba, inexorablemente hacia la melancolía y la soledad. Y en vigilia permanente… sólo los quería, sólo los amaba en el recuerdo, sólo los abrazaba con el alma.

Su gran vitalidad se fue apagando.

Sin que lo advirtiéramos fue despidiéndose de cada uno de nosotros y sobre todo preparando a mis hijas que eran pequeñas (lo supe años después, en charlas cotidianas en las que lo recordamos con cariño).

Papá construyó la segunda mitad de su vida, aquí, en Libres. Fue aquí donde, con mi madre tuvo ilusiones, sueños, trabajo, quiso, transformar este pedacito de mundo desde la docencia (real atributo de la docencia) y formó el hogar en el que tuve la suerte de crecer. Aquí amamos y sufrimos. Por eso y pese a que cada uno de sus hijos nacimos en un lugar distinto, de aquí somos, porque a una tierra nos unen sus bonanzas , sus virtudes y sus precariedades.

Papá tanto como mamá, son personas que no necesitan de carteles para ser recordados Están aún en el corazón de los alumnos que encontraron en ellos un referente, un guía, un amigo al que quisieron y apreciaron que es al fin, la más intensa forma de permanecer. Y nosotros, sus hijos, los necesitaremos siempre.


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